Ejecución - relato
Dejé la cuestión y hablé de otras cosas. El hombre parecía en guardia. Me miraba retadoramente y respondía con pocas palabras a mis observaciones; no obstante, yo tenía la impresión de que nuestra conversación le resultaba agradable y, aún más: que nuestro encuentro le parecía un hecho social de alguna importancia. Era, evidentemente, un ser solitario y sus oportunidades de charla habían de ser escasas. Había tenido sus dificultades, que le habían alejado del mundo y habían hecho que se recogiera en sí mismo; pero la fibra social de su alma anacrónica no estaba totalmente insensibilizada y tuve la seguridad de que estaba contento de percibir que podía responder, aunque fuera débilmente. Al fin pasó a hacerme preguntas. Quiso saber si yo era un estudiante.
Las preguntas se ahogaron con la embestida del viento cuando cambió de dirección. El mar también se había embravecido golpeando a las olas contra las piedras.
Sentí que apretaba mi brazo con fuerza y sin decir palabra alguna comenzamos a caminar.
El pasto quería atrapar mis tobillos y mi respiración era dificultosa.
—No tema —fueron las dos palabras que dijo al notar mi vulnerabilidad.
Estaba segura de que me conducía hasta su casa, pero no pregunté nada. Necesitaba sentir su cercanía, la presión de su mano que me guiaba.
Al llegar el crujir de los leños en la chimenea y el olor a café recién hecho me colmó de serenidad.
—Siéntese en el sillón, le traeré algo caliente para beber —dijo alejándose con paso firme.
Con cautela fui tanteando el lugar. Con mis manos busqué el calor y ahí encontré una butaca. Me senté y esperé, como siempre lo hago. Escuché el ruido de los jarros de metal que se llenaban con el líquido que él estaba vertiendo.
—Aquí tiene —dijo con rudeza al tiempo que me acercaba uno.
Lo así y sentí el calor que se extendió por todo mi cuerpo.
—No lo había notado —expresó con enojo y se interrumpió exhalando fuertemente el aire contenido—. Lo disimula muy bien, aunque es peligroso para usted. No tendría que ir por ahí sola.
—Lamento incomodarlo —bebí un sorbo de café con placer—. ¿No lo había notado?
—No —murmuró con voz cansina.
—Pues ahora lo sabe —dije esbozando una leve sonrisa—. No lo imagine como un problema. No lo es para mí. Existen otras formas de ver.
Mi sinceridad lo incomodaba y yo lo percibía.
—Usted nunca me vio ¿cómo supo quién era yo y dónde encontrarme? —preguntó secamente y con desconfianza.
—Usted tampoco me vio y no es ciego —observé—. Afuera me preguntaba si yo estudiaba —continué, cambiando el tema de conversación.
—Sí, y tengo muchas otras cosas que preguntar. Usted es una mujer extraña, se presenta ante mí y empieza a interrogarme, como si fuera un chiquillo —replicó.
Escuché que se levantaba del sillón. Percibí su olor. Estaba caminando hacia mí suavemente, como los animales cuando acechan una presa. Sabía que me observaba con detenimiento.
—Hágalas, pregunte lo que quiera saber, no se detenga —apoyé la taza en el piso y me acomodé en la butaca.
Él estaba frente a mí conteniendo la respiración.
—¿Por qué me buscó? —preguntó arrodillándose a mi lado.
—Deseaba conocerlo —respondí sonriendo serenamente.
—Es usted muy ingenua o muy tonta —exclamó acariciando mis piernas—. ¿Cree que soy un hombre santo? Todos en el pueblo conocen mi historia, estuve quince años preso ¿no lo sabía? —susurró tocando mis pechos.
—Conozco su vida y también lo conozco a usted, la voz es la mejor reveladora de la identidad humana —dije sin poner resistencia a sus caricias.
Se detuvo por un instante y sentí su aliento en mi cuello, como si algo lo alertara. Pero había despertado su instinto y con desesperación apretó mi cuerpo y su boca abierta parecía devorar mi cara.
Dejé que me besara y lentamente introduje mi mano en el bolsillo de mi abrigo.
Me tiró al piso y con brutalidad rompió mis pantalones. Se echó sobre mí, pero con ternura lo detuve.
—¿No me recuerdas? —inquirí con voz de hielo, sin dejar que se apartara.
—No vengas con estupideces —gritó excitado.
Lo sujeté con los muslos y apoyé su cabeza en mis senos. Lo abracé con toda mi fuerza al tiempo que le clavaba el cuchillo en la yugular.
Escupió un grito de sangre mudo. Mi mano apretaba cada vez más el mango del puñal. Sentí el calor de fluido sobre mi cuello y mi cara. Al retirar el arma moriría. Agonizó hasta que harta de sentir el olor a sangre coagulada terminé con él.
—Quizás ahora me recuerdes. Hace años en un pueblo vecino violaste a una niña y para que no te reconociera la cegaste a golpes —dije cerca de su oído—. Ejecuté mi propia justicia. Sí, la que me correspondía.
Me levanté busqué el baño y borré todo rastro de sangre de mi cuerpo.
Salí de la casa y encontré el bidón de combustible que días atrás había hecho dejar en un envío a su nombre.
Lo esparcí por toda la casa y con el atizador desparramé leños encendidos.
Ya había oscurecido, el viento aún era poderoso y me ayudaría a esparcir el fuego.
Corrí por el sendero. Los pájaros, la grava, y los sonidos del bosque eran mis señales fieles y permanentes.
El olor a fuego se expandió y poco tiempo después escuché la sirena de los bomberos.
Días más tarde escuché por el noticiero que se había encontrado el cuerpo calcinado de aquel convicto, que un par de años atrás había quedado en libertad. Se suponía que un descuido incitado por una borrachera habría provocado el incendio.
Me acosté y en mis sueños apareció una niña corriendo por un parque lleno de luz y vivos colores. Una pequeña feliz y de risa fácil. Una mocosa inocente que ahora podía gozar definitivamente y para siempre de la justicia.
Claudia Lamata

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