Mi otro nacimiento
Hoy estoy más incómoda que ayer en esta cama de colchón duro y de inclinación descendente. Estoy con respiración asistida y el oxígeno llega a mis pulmones con sabor a cloro… bueno, ese creo. Nadie se da cuenta que hace demasiado calor aquí y la calefacción agobia; soy una mujer calurosa y más después de la menopausia. En una hora vendrá el médico ¡no se para que, siempre dice lo mismo, me toma el pulso, me ausculta y se va, y eso es todo!
La luz me encandila, estoy molesta, pero las enfermeras creen, sobre todo la gorda de la mañana, que me sacude cuando me higieniza, que estoy confortable. Es una mujer cuadrada con voz grave, manos rechonchas y la respiración agitada… no le veo mucha vida a la gordita jajaja.
Dicen que estoy en coma y que no siento ni escucho nada, pero no es así. Estoy aún adentro de mi cuerpo y veo, escucho, pienso, me rio y a veces lloro.
Que poco se sabe de las personas que están cerca de la muerte. Creen que sufrimos, pero no, no sufrimos queremos partir de una vez y para siempre. Estamos cansados del cuerpo enfermo, de los dolores, de los tubos que nos colocan por todo el cuerpo. Solo queremos paz.
Nos cansamos de vivir, la vida cansa, entonces queremos volver de donde salimos. No se dé donde, pero imagino que será de un lugar sereno, de bellos colores pasteles, hermosos paisajes. En cambio, nos molestan con pinchazos, zondas y manoseos.
Lo peor es cuando viene la familia, tengo que soportar comentarios, consejos que sedan unos a otros: “A mamá le convendría ver al Dr. fulano” o “enfermera le pedí que le pusiera esta mantita rosa en los pies por las noches”. Esas son mis hijas. Vienen a verme una vez por semana y se comportan como las dueñas del sanatorio. Después hablan entre ellas y terminan discutiendo como dos gatas rabiosas, la menor envidia que la mayor cambió el auto y esta última que la otra tiene un marido más apuesto e inteligente. Grito “Váyanse” no las aguanto más. Lo que hay que soportar. Cría cuervos…
Creo que duermo, creo despertar horas o días más tarde, no lo sé porque mis ojos no se abren.
Escucho la voz de mi hijo que se sienta a mi lado y me toma la mano. Llora apoyando su cabeza en mi brazo. Está sufriendo por muchas cosas, no solo por mí. Se fue de casa siendo muy joven alejándose para siempre. Es triste, pero no siento nada porque es un extraño. Treinta años es mucho tiempo. Lo desconozco… ya el vínculo se perdió. Se va.
Ayy, no, no, no, vienen las viejas de mis amigas, SAQUENLÁS. Vinieron las cinco y hablan todas juntas. Ponen las flores en un jarrón que también trajeron. Se sientan en la cama, pero el colchón no aguanta y una se fue de culo al piso… Ahora grita como un chancho y las otras intentan levantarla, pero se trastabillan y tiran el jarrón con las flores. Los gritos de las cinco hacen que aparezcan dos enfermeras que sujetan por las axilas a la que estaba desparramada en el suelo y logran ponerla de pie, limpian el piso y les piden que se vayan.
Gracias, chicas, las adoro.
Me estoy sintiendo extraña, veo gente entrar y salir de la habitación, Personas de otra época. Lo veo a mi esposo que de pie junto a la cama me sonríe y se va. La habitación se ilumina con una luz dorada, pero ese resplandor es breve.
Mi nieta habla con el médico y llora amargamente. Se sienta a mi lado y me habla. Acaricia mi cabello y besa mi mejilla. Me dice que estaré bien donde vaya cuando los ángeles vengan a buscarme. Lleva mi mano hacia su pecho y promete que yo siempre estaré en su corazón. Dice amarme porque le enseñé a vivir, le enseñé lo bueno y lo malo y la formé como mujer. Siento que se aleja, pero no, no. no es ella la que se aleja soy yo. Me elevo, me separo de mi cuerpo y veo a mi nieta llorar sobre mi pecho, luego aparecen los médicos, enfermeras, mis hijas, pero me alejo y no siento dolor. Puedo respirar libremente y en un extremo de la habitación se abre un espacio que es un cuarto oscuro con una silla. Me siento al tiempo que se sigo viendo todo lo que pasa con mi cuerpo y con todo ese movimiento.
Aparece una puerta y la atravieso, camino sin rumbo, solo pongo un pie adelante del otro, la luz dorada ahora me envuelve la siento tibia, templada y confortable. Respiro esa luz y me dejo llevar, me entrego.
Se desplaza la luz dejando ver un paisaje montañoso con un huerto lleno de árboles frutales y de flores. Un sendero se dibuja frente a mi indicando el camino que debo seguir. Entusiasmada avanzo porque en la cima veo que está amaneciendo y el sol brilla con muchísima fuerza. Quiero llegar al sol y sentir toda esa energía.
Estoy en otro mundo al que llegué atravesando la muerte y a mi otro nacimiento.
Claudia Lamata

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