El religioso; carta a su hermano


 

 


 

Querido hermano

Te escribo esta breve carta, para contarte un episodio del cual he sido testigo en la misa de esta mañana en la iglesia de San Juan Bautista.

Llegué unos minutos antes que la celebración de la misa de Reyes iniciara. Me senté en el extremo del banco que ocupo siempre. Tú sabes lo rutinario que soy, pero para escuchar la palabra del santísimo mis nalgas deben estar cómodas.

Distraídamente miré a la gente que entraba y se acomodaba en diferentes lugares, algunos, sin persignarse en el cruce de la nave principal. Es un fastidio la falta de respeto que existe entre los feligreses.

Para calmar mi irritación recé una oración llevando mi atención al tapiz de La Adoración de los Reyes que cubre la ventana, ubicado detrás del órgano. Preciosísimo paño, tejido según un cartón de Rubens. A pesar del calor que sentía continué orando hasta que la presencia de un jovencito me distrajo. Con el plumero y sus trapos limpiaba el órgano con asombroso vigor. Aunque, algo más que no puedo definir capturó mi atención hacia el adolescente.

La misa comenzó y tú conoces la profunda concentración en la que mi alma se hunde y toda mi humanidad entra en un éxtasis profundo; pero hoy fue la excepción, y aquí llego querido hermano a relatarte la agitada experiencia que Dios, nuestro Señor, me hizo vivir este caluroso domingo. Al momento de elevar mis ojos llorosos embelesados por la emoción de la sagrada música del órgano, algo terrible ocurrió.

El adolescente que con su plumero limpiaba el órgano y lustraba las vetas del gran facistol, fue tragado por el tapiz. Así como lo lees, se lo tragó sin más y el muy audaz deambulaba por el paisaje dibujado.

Sin poder dar crédito de lo que veía, me quedé inmóvil, pues el jovencito formaba parte de la hermosa figura del tapiz. Se movía entre los Reyes Magos, la Santa Virgen y ni más que decir, porque lo considero una herejía y un ataque del maligno hacia mi Fe.

Me incliné en el banco y me puse de rodillas apretando fuertemente el rosario contra mi pecho. La traicionera curiosidad, aliada de Satán me venció y abrí los ojos. ¿Y qué veo hermano? Veo al joven acercándose hacia la Madre que lo invita con su infinita bondad a besar los pies del Adorado. ¡Grité por el dolor de mí alma! ¿Cómo, un cualquiera era invitado a formar parte de tan sagrado acontecimiento? ¿Y yo, yo, que siempre fui fiel a la iglesia, que nunca dejé de asistir a una misa, ni de confesar mis pecados? Yo… que coloco en la bolsa de limosnas mi dinero para que Dios se entere de cuanto cuido a su templo. ¿No tengo privilegios?

Y seguí mirando mientras mi alma se llenaba de desazón, celos y envidia, cuando el joven depositó su insignificante plumero como ofrenda; el tapiz era su mundo, su felicidad.

Pero, no pude mirar más ni escuchar. Mi sufrimiento era infinito. Me sentía enfermo y el llanto lastimaba mis mejillas.

Al finalizar la misa el intruso con su ingenua expresión apareció nuevamente con su trapo y plumero, como si hubiera saltado del paño mágicamente ¿Cómo puedo dar fe de semejante sacrilegio? ¿Quién me creería?

Concluyo querido hermano con este relato, lleno de incoherencia, confusión y angustia.  La soledad será mi mejor consejera.

Buenas noches. No te aflijas por mí.

 

Claudia Lamata

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