El Escape - Relato

 

 


 

 

El día iniciaba su lenta despedida permitiendo que los lánguidos rayos del astro rey iluminaran aisladamente la contundente edificación. Al fondo, solemne y enorme, precedida por jardines espinosos y viejos, oculta detrás de un caprichoso grupo de alerces, escondía detrás de sus muros, susurros, deseos inalcanzables, falsas vocaciones y dolor. El convento parecía un profundo embudo que tragaba las vidas, las consumía y las aislaba. Miradas oscuras atravesaban ventanas de frías y despintadas rejas, queriendo escapar del silencio agobiante. Hábitos negros se deslizaban por los claustros tenuemente iluminados semejando a pájaros con las alas rotas.

Las esperadas campanas soltaban alegres llamados, anunciando la hora de la oración nocturna en la capilla. Los velos negros ondeaban en la penumbra del pasadizo, como murciélagos apurados para evitar la luz.

La mirada clavada al suelo, en perfecto orden y sin palabras y sin sonrisas y sin consuelo las monjas caminaban con pasitos mudos. La aceptación sin queja, el dolor sin lamentos, la orden acatada sin expresión.

La vida expresa cuando es observada con detenimiento que la inmutabilidad caduca cediendo paso a la  imperfección; el movimiento busca el espacio y este último la expansión y la expresión. Por consiguiente esa noche por primera vez en siglos el convento perdería la acostumbrada rutina. Una monja sería la responsable de quebrarla. Rasgaría la gran tela araña dejando un orificio que nunca podría ser reparado.

Y ahí estaba una más entre tantas haciendo lo mismo y sintiendo diferente. Los puños cerrados como rocas, la mirada hacia delante, el paso firme, puro nervio y decisión.

Pasando los claustros, al bajar las escaleras, un recoveco en la pared de piedra junto a un ángel de mármol gris sería su escondite. Entre la pared y el ángel se hallaba el pasaporte para su libertad. Él la protegería, era tan alto como ella y delgado. Tomaría su postura, detrás de él. Una mano hacia arriba y la otra hacia abajo. No debía apurar el paso de lo contrario levantaría sospecha. ¡Cuánto había estudiado en la soledad del claustro sus movimientos, el lugar de su escondite, la repentina presencia de alguna hermana celadora!

Se aproximaba, estaba llegando, era un movimiento rápido, cortante como el filo de una espada. Con agilidad, ocupó el lugar elegido. Cuando no hubo sonido alguno, mansamente abandonó a su protector, y corriendo en puntas de pie, sujetándose el hábito con una mano fue hacia la bodega, por donde saldría. Las hermanas del convento, preparaban el vino de misa más codiciado. Su origen era desde muy lejos en el tiempo y también la bodega. Lu puerta siempre estaba abierta. Un simple empujón y cedía. Bajó las escaleras y el olor a vino rancio la mareó. Tapó boca y nariz pasando al lado de los recipientes de uva fermentada.

Había un portón detrás de los barriles. Se usaba para entrar los grandes toneles de uvas cosechadas. Cuando estuvo frente a este exigió a su cuerpo de músculos firmes todo el esfuerzo que pudiera dar. Así cedió y sin dudarlo se arrastró hacia afuera.

El aire nocturno acarició sus mejillas sucias de tierra, con el torso de la mano se limpió la cara. Miró alrededor extasiada. Diez años de encierro inútil. La bodega estaba en la parte posterior del convento, cerca del granero y de la huerta. A esa hora del día nadie vigilaba. Cada paso en el suelo irregular, empujada por el viento en medio de la oscuridad, la embebía de fuerza para continuar y llenar los pulmones de aire. La luna complaciente la guiaba con su radiante luz protectora. Saltó la tranquera, salió de los límites verdugos del convento y corrió, corrió, corrió, sin mirar hacia atrás, sin detenerse. La vida la tomaba de la mano y la arrastraba en esa carrera enloquecedora y le hablaba de todo lo que iba a ofrecerle.

Abrió los ojos, un pinchazo en la mano la había despertado. Era un gorrión que con insolencia probaba el sabor de su piel. Se apoyó contra un árbol y presenció el amanecer por primera vez. Retiró de la cabeza el velo y lo dejó a un costado. Revolvió su cabello corto con ambas manos y rio con ganas.

Campo abierto. Tendría mucho que andar pero no le importaba. Caminó con los ojos cerrados escuchando el canto de los pájaros, el croar de las ranitas, el silbido del viento. Un maizal apareció bajo los rayos del sol, extendió los brazos y dejó que sus dedos rozaran las espigas.

Cuando el sol llegaba al cenit, una mancha asomaba a lo lejos. Un pueblo. Estaba hambrienta y sedienta cuando atravesó el gran portal, que sostenía con dos gruesas cadenas un cartel desprolijamente escrito con la palabra “Bienvenidos”.

]A pocas cuadras un mercado ocupaba el camino. Una fiesta de colores y de aromas se había establecido hacia ambos lados. Mesas con melocotones, bananas, sensuales manzanas, jugosas sandías y chorreantes uvas estaban desparramadas en los precarios mostradores. Tímidamente caminó por el sendero central observando todo cuanto pudieran sus ojos abarcar. La gente se abalanzaba sobre la mercadería, se empujaban y pisaban. Dando vueltas aquí y allá el gentío la condujo hasta un puesto de chocolates. Una mujer regordeta del otro lado de la mesa la observaba sonriente, la dueña del puesto, con su mano rolliza agarró delicadamente una barra de chocolate y se la ofreció. Sin dudar la devoró.  Luego la mujer le ofreció otro dulce que también comió sin respirar. Finalmente con pocas palabras y  mejor intención le ofreció un delantal floreado de colores pasteles y con generosos volados. Lo ató a su cintura y la acomodó a su lado, detrás del mostrador. 

La vida tenía muchas sorpresas para ella y esta era la primera

 

Claudia Lamata

 

 

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